Jorge Guillén
Agroveco
Quería comenzar esta redacción enunciando que el mundo es demasiado extenso para quedarse en casa. Pero temo caer en esa fina línea que separa una opinión de una de esas charlas motivacionales, tan omnipresentes en estos tiempos, que reciben tantas alabanzas de ese público entregado en redes sociales.
Hijo de maestra rural, tuve la suerte de pasar la infancia en diferentes pueblos de la geografía aragonesa. Y no me queda duda de que esa experiencia, junto con los palos que me llevaba de los mayores por ser el “hijolamaestra”, forjó esta personalidad inquieta de carácter indómito que más adelante me llevaría a seguir viajando y descubriendo.
Añadiendo que esta maestra de inglés enseguida me inculcó el amor por los idiomas, pronto tuve claro que mi futuro laboral debía ir ligado a ello. Bien fuera siguiendo sus pasos en la docencia, profesión que más admiro, o decantándome por trabajar con otros países y culturas. Y, eligiendo unos estudios relacionados con el comercio internacional, la balanza se puso del lado del segundo supuesto.
Tuve la suerte, gracias a diferentes acuerdos que tiene la Universidad de Zaragoza, de poder estudiar en tres países, lo que reforzó mis ganas de seguir viajando, seguir empapándome de nuevas culturas y de diferentes puntos de vista. Esto quizás choque con las neotendencias de cada vez más gurús, desprestigiando la importancia de la educación, al grito de “titulitis”, cual William Wallace en Braveheart. Pero no me queda duda de que la piedra angular de toda sociedad es su educación.
No voy a utilizar la tan manida frase “salir de la zona de confort”, pero estudiar en el extranjero es una de las mejores experiencias que se pueden tener, especialmente cuando el mundo no estaba tan hiperconectado como ahora y apenas surgía una red social que revolucionó la forma de comunicarnos.
Pasando a la vida laboral, nunca sabes cuándo te puede llegar la oportunidad. En mi caso, fue jugando a baloncesto en la calle cuando una casualidad me dio la posibilidad de presentarme a Agroveco. Meses después comencé un proceso de exportación desde Hungría, donde estuve viviendo diez años.
Esta aventura internacional ya va por su decimocuarto año, y hay que reconocer que esto de la exportación no es fácil, en absoluto. Cuando piensas que has pasado por todos los problemas posible, habidos y por haber, llegará uno nuevo. Y cuando piensas tener controlado todo el proceso, llegará una nueva incógnita que consultar a nuestras amables compañeras de Cámara.
Y el mayor inconveniente de nuestra profesión, mayor incluso que un contenedor con destino Dubái termine en Papúa Nueva Guinea: la conciliación de la vida familiar con la laboral. El pasar tanto tiempo alejado de tus seres queridos, porque el tiempo no vuelve. Todo lo demás, al final, se termina resolviendo con más o menos quebraderos de cabeza y coste, pero el tiempo no.
Quiero aclarar, igualmente, que el ejemplo expuesto es ficticio, ésa no la tenemos (¡todavía!). Podría nombrar millones de ejemplos de problemas y enfatizar el fracaso como paso previo al éxito sin precedentes y la compra de tu primer “Lambo”, pero no postulo a coach motivacional. Y, a pesar de todo esto, como diría Julieta Venegas… “a todo lo demás, le gana lo bueno que me das”.
Trabajar con clientes de tan diferentes culturas es la mejor de las experiencias, la palabra aburrimiento no existe y es una constante fuente de aprendizaje. Y, seguramente, si hiciésemos un mayor esfuerzo por conocer al prójimo y empatizar, se derrumbarían muchos de nuestros prejuicios y haríamos del mundo un lugar más bonito. Especialmente en estos tiempos de turbulencias, odio y auténticas aberraciones que parecían haber quedado en el recuerdo de vergonzosos tiempos pasados.
Volviendo al tema, cuando estos clientes de zonas y culturas tan variopintas te consideran parte de su familia y para sus hijos pasas a ser el “tío Jorge”, te das cuenta de que no podías haber elegido una profesión mejor.
Bueno, quizás en la docencia. Pero ahí mi “mamaestra” puso el listón demasiado alto.
Gracias por todo, ¡te quiero mucho!
La Tribuna de Voces es un espacio de opinión que responde a la visión de los autores del tema tratado. Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Zaragoza no se hace responsable de esta.