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Custodiar lo Sagrado: el rol de un ecónomo de la Iglesia

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El cuerpo y el patrimonio son, en cierto sentido, bienes irrenunciables que forman parte de nuestra existencia. Al igual que debemos cuidar y proteger nuestro cuerpo, el patrimonio personal, tanto material como espiritual, debe ser gestionado con responsabilidad. Esta reflexión también incluye a la comunidad parroquial, que es una extensión vital de nuestro patrimonio. El templo, que alberga el sagrario con la presencia real de Jesucristo, no debe ser visto como un mero edificio, sino como el refugio de lo sagrado y un bien que debe ser protegido con el mismo esmero con el que cuidamos nuestra propia corporalidad.

El ecónomo, o administrador de los bienes de la Iglesia, tiene la misión de custodiar y gestionar los recursos que recibe, lo que implica ahorrar, proteger y asegurar el patrimonio de la comunidad. La limosna, base económica de la Iglesia, se recibe de manera voluntaria y arbitraria, y su gestión implica una responsabilidad no solo económica, sino también pastoral. La tarea del ecónomo es garantizar que estos recursos se utilicen adecuadamente para los fines eclesiales: el culto, el sostenimiento del clero, el apostolado y la caridad.

Esta gestión debe ser realizada con una visión de largo plazo, entendiendo que los recursos deben ser optimizados y preservados. La misión de la Iglesia no solo requiere la administración eficiente de los bienes materiales, sino también la atención a su caridad y unidad. La limosna, que representa una expresión de la gratitud y generosidad de los fieles, debe ser utilizada para reforzar estos fines, siempre con prudencia, transparencia y responsabilidad.

Es esencial que, como miembros de la comunidad, tomemos conciencia de que el patrimonio de la Iglesia no solo es económico, sino también espiritual. El ecónomo, al igual que San José que custodiaba a la Sagrada Familia, debe actuar con un enfoque ministerial y pastoral, alineando su trabajo con los valores de la Iglesia. La gestión de los bienes eclesiales debe integrar los principios de la unidad y la caridad, preservando tanto el patrimonio financiero como el espiritual para garantizar la sostenibilidad de la misión evangelizadora.

La economía de la Iglesia se fundamenta en la gratuidad y en la búsqueda de la unidad, siempre con la mirada puesta en la misión de evangelizar. Los bienes espirituales que recibimos gratuitamente deben ser entregados a los demás con gratitud y generosidad. En este sentido, el reto de la Iglesia es cómo financiar su misión a través de la limosna, asegurando que, en tiempos de inflación y cambios económicos, los recursos recibidos sigan siendo suficientes para mantener sus objetivos a largo plazo.

La responsabilidad que recae sobre cada uno de nosotros, y especialmente sobre los encargados de la administración de los bienes eclesiales, es clara: debemos gestionar estos recursos con sabiduría y compromiso, garantizando que sigan sirviendo a la misión de la Iglesia en el futuro. La limosna, más que un acto aislado de generosidad, es un pilar fundamental que sostiene el corazón de la Iglesia, y su administración debe ser siempre un acto de servicio, amor y respeto por la comunidad y por la misión que nos ha sido encomendada.

La Tribuna de Voces es un espacio de opinión que responde a la visión de los autores del tema tratado. Cámara de Comercio, Industria y Servicios de Zaragoza no se hace responsable de esta.