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Cuando la humanidad enfermó… y la farmacia respondió

ilustracion farmacia javier ruiz poza

Desde los albores de la humanidad, las enfermedades han sido compañeras constantes del ser humano, moldeando civilizaciones, influyendo en el curso de la historia y condicionando el desarrollo social, económico y cultural de los pueblos. La peste, la viruela, la tuberculosis o la gripe española son solo algunos ejemplos de cómo los brotes epidémicos han puesto a prueba nuestra capacidad de resiliencia… y de cómo, en cada época, la búsqueda de remedios y el progreso de la farmacia han ido de la mano para superarlas.

En las primeras civilizaciones —Mesopotamia, Egipto, Grecia o Roma— las enfermedades eran interpretadas como castigos divinos o desequilibrios de los humores. Sin embargo, desde muy pronto surgió la figura del sanador y del boticario primitivo, encargado de preparar remedios a base de plantas medicinales, minerales y pócimas. En tablillas de arcilla y papiros quedaron registradas fórmulas y recetas, como el Papiro de Ebers (Egipto, 1.500 a.C.), que recoge centenares de prescripciones.

A medida que avanzó la Edad Media, los monasterios se convirtieron en verdaderos centros de conservación del conocimiento médico. En sus boticas se cultivaban y procesaban plantas medicinales, sentando las bases de la farmacia europea. Más tarde, los primeros establecimientos farmacéuticos urbanos, las boticas, emergieron en ciudades musulmanas como Bagdad o Córdoba, y después en la Europa cristiana, ya con un incipiente control gremial y reglamentario.

La historia de las pandemias muestra con crudeza la vulnerabilidad humana… y el ingenio desplegado para vencerlas. La peste negra del siglo XIV acabó con un tercio de la población europea. Frente a ella, los boticarios preparaban vinagres medicinales, ungüentos aromáticos o fumigaciones, aunque la verdadera clave estuvo en la prevención, el aislamiento y, siglos después, en la comprensión de la transmisión bacteriana.

La viruela, responsable de incontables muertes durante siglos, fue finalmente vencida gracias a la vacunación iniciada por Edward Jenner en 1796. La revolución de la microbiología en el siglo XIX —con Pasteur y Koch a la cabeza— permitió identificar los agentes causantes de numerosas enfermedades infecciosas, abriendo paso al desarrollo de vacunas, sueros y, más tarde, antibióticos.

Cada uno de estos avances llegó hasta la población gracias a un canal de confianza: la oficina de farmacia. Desde sus mostradores, los farmacéuticos elaboraban fórmulas magistrales, conservaban y dispensaban los nuevos medicamentos, y se convirtieron en el rostro cercano del progreso científico para la ciudadanía.

El siglo XX fue testigo de nuevos desafíos y victorias. La gripe española de 1918 puso de relieve la necesidad de redes de salud pública, y la irrupción de la penicilina en los años 40 marcó el inicio de la era antibiótica, transformando radicalmente el pronóstico de las infecciones. A partir de la segunda mitad del siglo, el foco se desplazó hacia enfermedades crónicas y degenerativas: hipertensión, diabetes, cáncer o enfermedades neurodegenerativas. Aquí, el papel de la oficina de farmacia se amplió notablemente, convirtiéndose en un punto clave para la educación sanitaria, la prevención y el seguimiento terapéutico.

Hoy, la oficina de farmacia es la red sanitaria más próxima, accesible y capilar de nuestro sistema de salud. Su función va mucho más allá de entregar fármacos: el farmacéutico comunitario detecta problemas de salud, asesora sobre hábitos de vida, participa en programas de vacunación, colabora en campañas de cribado precoz y realiza seguimiento farmacológico de pacientes crónicos y polimedicados.

Durante la pandemia de COVID-19 quedó patente su papel insustituible: mantuvieron sus puertas abiertas cuando casi todo estaba cerrado, garantizaron el suministro de medicamentos y productos sanitarios, gestionaron la escasez de ciertos fármacos y actuaron como fuente fiable de información para una población atemorizada y confundida. En muchas zonas rurales, la farmacia es la única infraestructura sanitaria permanente, y constituye un auténtico salvavidas para poblaciones envejecidas o dispersas.

Además, las farmacias han sido y siguen siendo espacios de innovación. En ellas confluyen hoy nuevas tecnologías, herramientas de dispensación automatizada, servicios de teleasistencia y programas de adherencia terapéutica que mejoran la calidad de vida y reducen hospitalizaciones. En cierto modo, representan la evolución de aquella botica medieval que trituraba plantas hasta convertirse en un centro sanitario moderno, integrador y próximo al ciudadano.

Este vínculo entre pasado y presente queda reflejado en la obra «Estirpes farmacéuticas de Aragón», que recopila la historia de numerosas sagas de farmacéuticos que, generación tras generación, han mantenido viva la vocación sanitaria en nuestra tierra. Sus testimonios muestran cómo la farmacia ha sido mucho más que un lugar donde dispensar medicamentos: ha sido un punto de encuentro, de consejo y de acompañamiento para sus comunidades, incluso en los momentos más difíciles que ha atravesado la humanidad.

La historia de las enfermedades es también la historia del ingenio humano para combatirlas. Y en ese relato, la oficina de farmacia aparece como un hilo invisible que conecta el pasado con el presente: de los alquimistas y herbolarios ancestrales a los farmacéuticos comunitarios de hoy, comprometidos con la salud pública y el bienestar de sus pacientes.

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