Luis Arruga
Linamar Light Metals Zaragoza
Mesa Abierta: conversación en profundidad con un profesional destacado
Luis Arruga analiza la que es hoy en día una industria arraigada en Zaragoza que busca su futuro en el aluminio estructural, la automatización y los nuevos fabricantes
En la planta de Linamar en Zaragoza se producen hoy las mismas 10.000 toneladas que en 2020, pero la fábrica que las hace posibles ha cambiado profundamente. La automatización, la digitalización y una reorganización industrial han transformado una fundición tradicional en unas instalaciones preparadas para competir en un automóvil que también está cambiando de arriba a abajo.
Conocemos más sobre Linamar y su historia vinculación con Zaragoza en esta Mesa Abierta del Club Cámara Zaragoza junto a Luis Arruga, business development manager en Linamar Europe.
La radiografía de Luis Arruga sitúa al sector ante una ruptura histórica. La electrificación coincide con el avance de China, que ha tomado posiciones en el desarrollo de vehículos eléctricos y baterías. Para quienes llevan décadas suministrando componentes a los fabricantes europeos, adaptarse exige revisar qué producen, cómo lo hacen y a quién pueden vendérselo.
Esa necesidad explica la evolución de la antigua Alumalsa. Hace veinte años, su producción estaba concentrada en piezas de motor. Ahora gana presencia en componentes estructurales, transmisiones y cajas de cambios. El aluminio sale del interior del motor para ocupar otros espacios del vehículo, impulsado por la búsqueda de materiales ligeros. La empresa también ha incorporado mecanizado y ensamblaje: entrega componentes más acabados, preparados para su montaje en las líneas de sus clientes.
La oportunidad está ahora en trasladar el conocimiento acumulado hacia las necesidades que surgen. Arruga prevé crecimiento durante los próximos dos años en piezas estructurales de aluminio. Y es que la experiencia metalúrgica conserva su valor, aunque cambie el destino de cada pieza.
El recorrido hasta esa posición atravesó una crisis que Arruga describe como la más complicada de los últimos veinte o veinticinco años. La plantilla, próxima a las 800 personas antes de los ajustes, descendió a unas 400 en 2020 y a 350 en 2021. Detrás de esas cifras hubo salidas de trabajadores temporales y de personal de la empresa, incertidumbre y decisiones difíciles. «Es un momento muy difícil porque te desprendes de muchos y muy buenos trabajadores, y te replanteas en qué situación te quedas y cuál es tu futuro», recuerda.
El respaldo del grupo canadiense fue decisivo, según explica. También lo fueron la transparencia con el comité de empresa y las organizaciones sindicales, el compromiso de los equipos y la búsqueda de nuevos proyectos. Arruga relaciona la recuperación con una revisión profunda de la organización, las instalaciones y la eficiencia de los procesos.
Actualmente, la planta vuelve a situarse en torno a los 400 empleos y contempla nuevas posibilidades de crecimiento. Su lectura del resultado combina la satisfacción por haber mantenido una industria relevante en Zaragoza con el recuerdo de la dureza del ajuste.
La transformación alcanza también al trabajo del día a día. Linamar cuenta hoy con una instalación más robotizada, que necesita programación de máquinas, electrónica, automatización y capacidades digitales. Por ello, destaca el esfuerzo de formación de la plantilla para asumir funciones técnicas más especializadas.
La llegada de marcas chinas introduce presión sobre la industria europea y abre posibles relaciones comerciales. Linamar ya trabaja con fabricantes chinos desde su presencia en Asia. Arruga observa oportunidades para sus proveedores conforme estas compañías amplían su actividad en Europa.
Para Zaragoza, captar proyectos exige demostrar resultados dentro del propio grupo. Arruga atribuye la posición de la planta al trabajo de sus equipos y a su capacidad para hacer visibles las ventajas industriales del territorio. A ello suma la colaboración empresarial del Clúster de Automoción y Movilidad de Aragón, del que Alumalsa fue una de las empresas fundadoras.
La eficiencia energética completa esa exigencia competitiva. Según los datos que aporta, el consumo de la fundición ha pasado de 7.000 a 5.300 kilovatios hora por tonelada en cuatro años, una reducción cercana al 24%. En una actividad intensiva en energía, cada mejora pesa sobre los costes y sobre el objetivo de neutralidad de carbono del grupo para 2050.
Arruga encuentra motivos de orgullo al recorrer unas instalaciones que han aprendido a producir de otra manera. «Hemos convertido una fundición tradicional en una fábrica digital, automatizada y robotizada», afirma. El próximo desafío consiste en conseguir que esa capacidad se traduzca en nuevos pedidos, actividad y empleo.
La ‘Mesa Abierta’ es un formato patrocinado por Kalibo.