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Internacionalización

Del campo aragonés a más de 50 países, el crecimiento de Arvensis Agro en sus 27 años de historia

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José Remírez repasa la trayectoria de Arvensis Agro, una empresa aragonesa que ha llevado su innovación agrícola a más de 50 países gracias a su foco en la internacionalización, la biotecnología y el compromiso con una agricultura más sostenible.

Desde Zaragoza y con presencia en más de 50 países, Arvensis Agro se ha consolidado como una de las empresas aragonesas de referencia en nutrición vegetal, bioestimulación y biotecnología aplicada a la agricultura. Su trayectoria internacional, construida durante más de dos décadas, es el resultado de una apuesta sostenida por la innovación, el conocimiento del campo y las relaciones comerciales a largo plazo.

Con motivo del Premio a la Trayectoria Internacional dentro de los Premios a la Internacionalización de Aragón 2026, José Remírez, director general de Arvensis Agro, aborda junto a Chus Verón, CEO de Viveros Verón, la trayectoria de la empresa y su evolución a lo largo de sus casi tres décadas de vida.

Arvensis Agro, una historia de innovación, constancia y crecimiento internacional

P: Más del 80% de vuestra facturación procede del mercado internacional, con un crecimiento reciente muy destacado en África, Oriente Medio y Asia. El próximo día 29 recibiréis el Premio a la Trayectoria Internacional, un reconocimiento que no responde a una exportación reciente, sino a más de dos décadas construyendo una presencia global en más de 50 países. Si ahora mirarais atrás, ¿en qué momento diríais que Arvensis dejó de ser una empresa aragonesa para convertirse en un referente internacional?

J. Remírez: Los inicios de las empresas son bastante complicados, sobre todo en el mundo de la agricultura, porque el esfuerzo y el trabajo no se traducen rápidamente en resultados. Para entrar en cualquier país primero se realizan pruebas y se tramitan los registros. Pueden pasar tres años de trabajo antes de conseguir las primeras ventas, por lo que es un proceso muy lento.

Aunque en los últimos cinco años hemos duplicado el volumen de facturación, este crecimiento no se entiende sin las dos décadas anteriores, durante las que hemos trabajado día a día y sembrado para pasar de ser una empresa que exportaba a algunos países a desarrollar una internacionalización más global.

Todo esto ha sido posible, sobre todo, gracias a mi socio Ángel, una persona con una enorme capacidad de trabajo y esfuerzo, además de una gran visión empresarial. Ha sido el pilar para organizar la estructura de la empresa, el comité operativo y la dirección. Mi labor ha sido más imaginativa y creativa, impulsada por el amor y la pasión por las plantas. Procedo del mundo de la agricultura; mi padre era agricultor y yo siempre he hablado con las plantas. Cuando mi hija María era pequeña y le preguntaban en qué trabajaba su padre, respondía: «Mi papá es doctor en plantas; habla con las plantas».

El trabajo que Ángel y yo hemos realizado conjuntamente durante todos estos años ha permitido atraer a buenos profesionales y conseguir que las entidades financieras y las aseguradoras comenzaran a confiar en nosotros. Tras dos décadas de crecimiento progresivo, en los últimos cinco años hemos empezado a dar saltos muy importantes. En 2018 inauguramos las instalaciones de La Cartuja y, desde entonces, la empresa no ha dejado de crecer.

También quiero recordar a nuestras familias, tanto a la de Ángel como a la mía, que han sufrido los momentos difíciles. Durante la creación de la empresa hubo ocasiones en las que estuvimos a punto de caer. Ellas siempre nos acompañaron, nos apoyaron y fueron muy generosas, porque hemos dedicado la mayor parte de nuestro tiempo a la empresa. Para nosotros, la empresa ha sido como un bebé al que hemos ayudado a crecer durante todos estos años.

P: Este crecimiento se ha apoyado en un importante componente tecnológico. La agricultura vive una revolución y vosotros habéis apostado por la diferenciación a través de la tecnología, con un biorreactor propio, un laboratorio de microbiología y una finca experimental en Belchite donde probáis los nuevos productos. ¿Qué aporta esta tecnología que os diferencia de vuestros competidores? ¿Qué problemas resolvéis y cómo ayudáis al agricultor?

J. Remírez: Para nosotros, la tecnología debe ser práctica: tiene que poder aplicarse y ofrecer soluciones a los problemas del campo. No sirve de nada disponer de tecnología si no resulta útil para los agricultores o si su coste es tan elevado que impide aplicarla.

Hemos identificado problemas relacionados con el cambio climático, los suelos y la escasez de agua, y hemos estudiado en profundidad la fisiología de las plantas. Cuando conoces bien una planta, comprendes qué necesita y en qué momento. Hemos orientado la tecnología hacia un uso práctico que permita al agricultor mantener la rentabilidad y aumentar la producción de forma constante. Ese ha sido nuestro principal trabajo.

España ocupa actualmente una posición muy relevante en el ámbito mundial de la agrotecnología. Muchas empresas españolas están alcanzando el éxito internacional porque la marca España está muy bien valorada en este sector. Somos un referente mundial en agrotecnología.

P: Aunque no siempre nos lo creemos ni presumimos de ello…

J. Remírez: Efectivamente. Muchas veces no tenemos suficiente confianza para reconocer lo buenos que somos. Cuando los españoles nos ponemos manos a la obra y trabajamos, somos de los mejores del mundo. Viajamos por todo el mundo y expandimos nuestros productos, desde las patatas fritas hasta la tecnología más avanzada. Tenemos un gran espíritu emprendedor.

En el sector agro, tan particular, la tecnología se implanta cada vez más. En los años sesenta vivimos la primera revolución verde, con la aparición de los primeros fertilizantes, las nuevas variedades de cereales y frutales y la mecanización, que sustituyó a los animales. Ahora nos encontramos ante una segunda revolución verde. Está basada en el conocimiento de las plantas para aplicar la bioestimulación, en la reducción de los productos químicos para sustituirlos por soluciones más saludables, como las de biocontrol, y en devolver la vida al suelo mediante la biofertilización. Vivimos un momento estratégico de cambio.

Innovación agrícola aragonesa con alcance mundial

P: Creo que, en general, no somos conscientes de la revolución tecnológica que está viviendo la agricultura. Una de vuestras principales características diferenciadoras es la escucha: conocer lo que necesitan el productor y el agricultor para crear soluciones que realmente les ayuden. No se trata de vender lo que hemos producido, sino de producir lo que el cliente necesita.

J. Remírez: Exactamente. Se trata de ser prácticos y ofrecer soluciones tecnológicas que puedan aplicarse.

P: Y todo esto lo habéis hecho desde Aragón. Con un 80 % de exportación, podríais estableceros en cualquier lugar del mundo. En Aragón contamos con centros de referencia como el CITA, la Universidad de Zaragoza o la Estación Experimental de Aula Dei. ¿Por qué Aragón? ¿Qué os aporta?

J. Remírez: Zaragoza tiene una ubicación logística extraordinaria. Está cerca de Barcelona y de su puerto, así como de Valencia, Bilbao y Madrid, un centro de recepción de clientes gracias a ferias como Fruit Attraction. Para nosotros es una localización muy interesante porque facilita las salidas tanto al Atlántico como al Mediterráneo y el acceso al canal de Suez, lo que permite que nuestros productos viajen con rapidez.

Aragón también dispone de suelo. Para desarrollar nuestra actividad necesitamos aproximadamente 30.000 metros cuadrados. Además, contamos con agua e infraestructuras eléctricas, recursos que en otros lugares pueden presentar dificultades logísticas. También tenemos universidades y profesionales. Con el volumen que estamos alcanzando, es muy importante atraer talento. Ya contamos en Zaragoza con excelentes profesionales y seguimos creciendo y atrayendo talento año tras año.

P: Dentro de ese 80 % de exportación, habéis seguido un proceso de internacionalización singular: comenzasteis vendiendo en Marruecos y ahora estáis presentes en más de 50 países, con un fuerte crecimiento en África, Oriente Medio y Asia. ¿Por qué apostar por mercados que quizá no resultan tan fáciles o naturales como América Latina?

J. Remírez: Europa exige que las frutas importadas tengan un nivel mínimo de residuos químicos y cumplan determinados estándares de calidad y seguridad, los mismos requisitos que se aplican a los productores nacionales y que establecen las grandes cadenas de supermercados. Estos países demandan tecnología que les permita acceder a los mercados internacionales. Ese es el motivo por el que comenzamos a trabajar en esas zonas.

Por supuesto, también estamos presentes en Europa y Latinoamérica. El único continente en el que todavía tenemos poca presencia es Australia, pero poco a poco llegaremos.

Biotecnología para producir más, mejor y con menos recursos

P: Además, habéis impulsado este crecimiento con un modelo en el que consideráis a los distribuidores socios estratégicos o colaboradores, en lugar de centraros únicamente en el producto. ¿Por qué habéis elegido este enfoque?

J. Remírez: Nuestro modelo es algo diferente al de otros productos. Buscamos un distribuidor al que consideramos socio, porque combina nuestro conocimiento tecnológico con su conocimiento local. Él conoce perfectamente los cultivos y los suelos, mientras que nosotros aportamos las técnicas necesarias para mejorar los cultivos y resolver problemas relacionados con el agua o el cambio climático.

Buscamos un socio con el que crecer conjuntamente a largo plazo. Le ofrecemos confianza basada en la exclusividad y en la continuidad de la empresa. Su inversión en equipo y formación obtiene resultados con el tiempo, porque nuestros productos no se colocan simplemente en un supermercado para que el público los compre: es necesario explicar cómo utilizarlos. Además, todos pasan por un registro ministerial, un proceso que puede prolongarse mucho tiempo y que exige una inversión con garantías de futuro.

Por eso apostamos por socios con visión a largo plazo. Tenemos clientes desde hace 10, 15 y 20 años. Esto nos proporciona estabilidad, ya que el 80 % de las ventas está consolidado con personas y empresas con las que trabajamos desde hace años. Así podemos crecer junto a ellas y avanzar hacia nuevos mercados.

P: Esa forma de sembrar confianza y establecer relaciones a medio y largo plazo para cosechar después es inherente a la agricultura y debería enseñarse en las escuelas de negocios. Al final, se trata de pensar en el legado.

J. Remírez: Sí, esa es la mentalidad de quienes trabajamos en el sector agro. Desde Aragón creemos que podemos convertirnos en una empresa importante dentro de la agrotecnología mundial. Tenemos un futuro prometedor ofreciendo soluciones al campo.

P: Es un sector en crecimiento debido al aumento de la población, el deseo de consumir alimentos más saludables y la búsqueda de la autosuficiencia alimentaria. El reto es producir más con menos, preservando el medio ambiente, utilizando menos pesticidas y más biotecnología orgánica para alimentar al mundo sin destruir la tierra. Antes mencionabas el biorreactor. ¿Para qué sirve?

J. Remírez: Sirve para generar organismos vivos que devolvemos al suelo. Nuestros suelos están esquilmados y han perdido gran parte de su vida. Mediante la biofertilización generamos en los biorreactores cepas de bacterias de crecimiento rápido y resistentes a distintas temperaturas, niveles de salinidad o pH, con las que devolvemos la vida al suelo.

El suelo es el recurso que tenemos y debe estar vivo. El uso de productos químicos ha llegado a provocar excesos y problemas como la contaminación del agua por nitrógeno o cobre. Buscamos un equilibrio sostenible entre lo químico y lo orgánico que permita producir alimentos de forma rentable.

Hemos comprobado que, en el cultivo del maíz, podemos reducir hasta 50 unidades fertilizantes —equivalentes a 100 kilos de urea— mediante la aplicación de microorganismos capaces de fijar el nitrógeno para que las plantas lo asimilen. La tecnología actual permite aprovechar los microorganismos beneficiosos sin necesidad de incorporar tantos productos químicos al suelo.